Visito la oficina de un compañero de armas en uso de buen retiro y lo primero que me llama poderosamente la atención -no hay forma de que pase desapercibido- es que tiene una foto repetida de él mismo en uniforme de gala y cargado de medallas, encima de su escritorio, colgada en la pared y encima del archivador. No hay más, sólo eso adorna esa oficina por lo demás ascéptica y desangelada.
Cabe anotar que tengo una especie de fascinación por las fotos, a mi ellas me conducen a cada historia que está representada. En éste mismo instante estoy recordando una de nosotros cuatro en 1973 en el monumento a los lanceros en el Pantano de Vargas, recién bajados del simca 1204 color mostaza, mi cabeza en el hombro de la fulana, mi madre llevándose una mano a su pelo para medio ordenarlo, mi padre, de barba, con un cigarrillo en la boca a punta de encenderlo y mi tía Nelly (quien no aparece), tomándonos la foto con la vieja cámara de la familia. Casi que se puede palpar el movimiento.
Recorrimos Boyacá en esas vacaciones y en cada sitio mi padre nos hablaba de lo que allí había pasado -aquí se ubicó Bolívar para dirigir las tropas, en éste lugar Pascasio atrapó a Barreiro, uno de los lanceros era de Trinidad, el negro Donato Perez, y así durante todo el recorrido- recordaba su paso por el colegio Sugamuxi y de paso -valga la redundancia- visitamos antiguos compañeros suyos. En fin, que ya lo dije, me gusta ver fotografías y soy además un clásico, las prefiero impresas, algo que ya casí no existe. No tengo nada contra ellas me cuentan historias y yo soy adicto a ellas, a las historias, que todo hay que explicárselos a ustedes.
Pero, siempre habrá un pero porque la vida no es perfecta, pero, repito, no me gustan las fotografías que intentan hacer apología a la imagen que cada quien tiene de sí, es decir: ¿qué gracia hay en eso?
Un militar cargado de medallas que entre ellos mismos se dan, viéndose así mismo cada día de su vida. Un atleta tomándose una selfie en la que intenta convencerse y convencernos que es un putas porque acaba de correr 10, 20, 200 kms. Una señorita con un libro abierto entre las piernas bronceadas y el mar al frente, donde lo de menos es el libro, y lo de más son sus piernas y el caribe. Un plato de comida en el restaurante de los Raush (o como se escriba) con un pie de foto recomendándonos el sitio y de paso haciéndonos saber que él o ella sí tienen la chequera para pagarlo. La iniciativa de otro Coronel de mi promoción pidiendo que cada vez que cumplamos años hagamos un "collage" (así dijo el marico) de cuando éramos cadetes, oficiales y la del hoy... y puedo seguir y seguir ad nauseam.
Todos ellos con esa ansia que no los deja contenerse, con esa necesidad de sobreexponerse, con ese deseo incontrolable de buscar admiración o por lo menos aprobación, con ese sueño de ir forjando un culto así mismos, de ir creando "fans" ¡Válgame Dios!
¿En qué momento nos hemos distorsionado tanto?
¿En qué momento nos hemos distorsionado tanto?
¿De cuando acá los complejos, las pretensiones, los embelecos, las boberías, los enredos en la cabeza?
Todos queriendo ser estrellas con el único recurso que todos tenemos, nuestras propias vidas expuestas a miles de desconocidos, todos queriendo figurar, todos cazando "likes" para luego en la soledad de su casa contarlos y compararlos, qué TRIS TE ZA.
Qué daño, espero reversible algún día, le ha hecho a nuestras vidas ese concepto ya no tan novedoso de los "realitys show" en donde un puñado de imbéciles se encierran en una casa a dejarse grabar cometiendo (no hay mejor manera de describirlo) la barbaridad de dejar que miles de cámaras husmeen lo peor de cada uno de ellos, todo con el fin de saltar a una gloria de luces efímeras como efímeros y absurdos son sus logros.
Después de semejante despachada yo como que mejor me quedo viendo una foto de mis padres cayendo la noche en La Surumba, ese pedazo de tierra que fue nuestra en las Sabanas del Vichada, los dos, mi madre abrazándolo y él con su sonrisa pícara, sentados debajo del guamo que daba sombra a la casa, totalmente felices, desentendidos de todos y de todo, luego de una jornada de vaquería y yo, detrás de la misma vieja cámara de la familia viéndolos a través del lente antes de oprimir el obturador.Toda una historia por supuesto.
PD: Les manda a decir mi mamá que yo como siempre faltando a la verdad, que es árbol no era un guamo sino un guayacán.
Divina tu enrada y como siempre me pones a pensar, LFR
ResponderEliminarDe acuerdo con vos, a mi me gustaba el sonido del plástico que protegía las fotos de los álbumes viejos al pasar las hojas. la verdad a veces siento naúseas al ver la cotidianidad de la gente reflejada en las fotos, nunca quiero saber tanto de las personas. Piru
ResponderEliminarTu como siempre haciéndome volar en mis recuerdos. estoy por sentir que te quiero. María I
ResponderEliminarMe encantó la historía detras de la foto, yo nunca imagino ninguna, lo intentaré hacer de ahora en adelante.
ResponderEliminarMe encanta como escribís. Ruth
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ResponderEliminarMe encantó, faltó la moraleja: si quiere ser una estrella haga cosas extraordinarias, no es suficiente con un selfie luciendo un libro como distractor intelectual. Es decir, decorativo.
ResponderEliminarGracias, con permiso.
CaroS
Pd: me gustó la aclaración de tu mamá
Oíste vos, qué belleza... Y eso como porqué no tienes el enlace a tu blog en la bio de tw. Tiz
ResponderEliminarGenial,gracias por compartirlo, Grabiel. Ahora mismo se me antonjó sacar álbumes, sin duda son mágicos. Elizabeth
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