viernes, 16 de junio de 2017

Soy padre

Soy padre, que ya lo saben, que ya lo he dicho. Soy padre, repito, de un par de jóvenes; una señorita de 30 años y un muchacho de 21. Soy padre de ese par y lo celebro. Me celebro.

Cuando supe que iba a ser padre de la señorita tenía la edad que hoy mi muchacho tiene y saber aquello se convirtió en la mejor aventura que he tenido en mi vida. Era joven, era pobre (sigo siéndolo), era subteniente, amaba mi carrera y amaba el hecho de saberme padre y de estar sirviendo a mi país (no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero amaba esos dos hechos).

Lo demás ya lo he contado, cada cosa que hacía, cada obstáculo que vencía, cada (magro) logro que conseguía tenía una sola motivación, ella, la señorita de hoy, de quien vivo fanfarroneando de lo orgulloso que me siento.

Cuando supe que iba a ser padre del muchacho, rondaba los 32 años y me había casado por segunda vez. Ya no era subteniente, era capitán en uso de buen retiro que llamaban antes, trabajaba para uno de los bancos de don Luis Carlos y quería comerme el cuento del ejecutivo exitoso, seguía siendo pobre (en éste país todos los somos excepto una pequeña minoría) y seguía queriendo a mi país y a la fuerza a la que había pertenecido pero de la que me había hartado.

Lo demás ya lo he contado, tuve la fortuna de estar al lado del muchacho desde pequeño hasta verlo convertido en eso, en un muchacho, en el muchacho que es y en el hombre maravilloso en que se ésta convirtiendo y del cual me siento muy orgulloso.

Soy padre, que ya lo saben, que ya lo he dicho. Padre de un par de jóvenes; una señorita de 30 y un muchacho de 21, 

También he dicho hasta el cansancio que me tocó en suerte ser padre de un par de maravillosas y buenas personas, pero lo que más quiero decir hoy con profunda convicción, es que en estos últimos tiempos de tantas de tribulaciones y profundas tristezas, en donde han sido más los que se van que los que se quedan, que ellos, la señorita y el muchacho han estado ahí, a mi lado, como uno solo, como un puño cerrado, haciéndome saber a cada instante, hasta el cansancio y de infinitas maneras, que cuento con ellos, con su amistad, con su apoyo, con su cariño y por supuesto con su amor que es en últimas lo que más me importa en este mundo.

Soy padre de ese par y lo celebro. Me celebro.

viernes, 24 de marzo de 2017

Pensaba

Pensaba escribir sobre esa vaina tan jarta en la que se han convertido muchos corredores obsesionados con sus tiempos, ritmos, respiraciones, series, selfies, carreras, metas, distancias, marcas, "personal records", videos inspiradores, piernas y brazos con las marcas del bronceado, desfile de uniformes, de trisuit, de gafas, de medallas de "finisher", camisetas conmemorativas, grupos de chat que ya parecen sectas religiosas de la peor especie, autobombo, porno miseria, plegarias de corredor, clubes excluyentes, intrigas, líderes tiranos, familias corredoras, cronogramas de carreras, días de carbohidratos, geles, gomas, días para culiar, días para no culiar, salidas sociales donde especifican que no todo es correr pero lo traigo a colación para que me admiren, desfile de modas, sueños de modelitos, monitores cardíacos, preguntas estúpidas, aplicaciones, seguimientos en vivo, animaciones a distancia, "hashtags hasta para cagar", auto adulaciones, inter adulaciones, supra adulaciones y así...por sæcula sæculorum ad nauseam (y que me perdonen mi licencia de esnob por usar latinazgos)

Pensaba escribir sobre todo lo anterior que ya les dije, pero mejor no, mejor que cada quien haga de su culo un candelero como decía mi padre, y cada quien feliz con sus propias estupideces. Yo, el que más.

viernes, 3 de febrero de 2017

Fotos

Visito la oficina de un compañero de armas en uso de buen retiro y lo primero que me llama poderosamente la atención -no hay forma de que pase desapercibido- es que tiene una foto repetida de él mismo en uniforme de gala y cargado de medallas, encima de su escritorio, colgada en la pared y encima del archivador. No hay más, sólo eso adorna esa oficina por lo demás ascéptica y desangelada. 

Cabe anotar que tengo una especie de fascinación por las fotos, a mi ellas me conducen a cada historia que está representada. En éste mismo instante estoy recordando una de nosotros cuatro en 1973 en el monumento a los lanceros en el Pantano de Vargas, recién bajados del simca 1204 color mostaza, mi cabeza en el hombro de la fulana, mi madre llevándose una mano a su pelo para medio ordenarlo, mi padre, de barba, con un cigarrillo en la boca a punta de encenderlo y mi tía Nelly (quien no aparece), tomándonos la foto con la vieja cámara de la familia. Casi que se puede palpar el movimiento.

Recorrimos Boyacá en esas vacaciones y en cada sitio mi padre nos hablaba de lo que allí había pasado -aquí se ubicó Bolívar para dirigir las tropas, en éste lugar Pascasio atrapó a Barreiro, uno de los lanceros era de Trinidad, el negro Donato Perez, y así durante todo el recorrido-  recordaba su paso por el colegio Sugamuxi y de paso -valga la redundancia- visitamos antiguos compañeros suyos. En fin, que ya lo dije, me gusta ver fotografías y soy además un clásico, las prefiero impresas, algo que ya casí no existe. No tengo nada contra ellas me cuentan historias y yo soy adicto a ellas, a las historias, que todo hay que explicárselos a ustedes.

Pero, siempre habrá un pero porque la vida no es perfecta, pero, repito, no me gustan las fotografías que intentan hacer apología a la imagen que cada quien tiene de sí, es decir: ¿qué gracia hay en eso?

Un militar cargado de medallas que entre ellos mismos se dan, viéndose así mismo cada día de su vida. Un atleta tomándose una selfie en la que intenta convencerse y convencernos que es un putas porque acaba de correr 10, 20, 200 kms. Una señorita con un libro abierto entre las piernas bronceadas y el mar al frente, donde lo de menos es el libro, y lo de más son sus piernas y el caribe. Un plato de comida en el restaurante de los Raush (o como se escriba) con un pie de foto recomendándonos el sitio y de paso haciéndonos saber que él o ella sí tienen la chequera para pagarlo. La iniciativa de otro Coronel de mi promoción pidiendo que cada vez que cumplamos años hagamos un "collage" (así dijo el marico) de cuando éramos cadetes, oficiales y la del hoy... y puedo seguir y seguir ad nauseam.

Todos ellos con esa ansia que no los deja contenerse, con esa necesidad de sobreexponerse, con ese deseo incontrolable de buscar admiración o por lo menos aprobación, con ese sueño de ir forjando un culto así mismos, de ir creando "fans" ¡Válgame Dios!

 ¿En qué momento nos hemos distorsionado tanto? 

¿De cuando acá los complejos, las pretensiones, los embelecos, las boberías, los enredos en la cabeza?

Todos queriendo  ser estrellas con el único recurso que todos tenemos, nuestras propias vidas expuestas a miles de desconocidos, todos queriendo figurar, todos cazando "likes" para luego en la soledad de su casa contarlos y compararlos, qué TRIS TE ZA.

Qué daño, espero reversible algún día, le ha hecho a nuestras vidas ese concepto ya no tan novedoso de los "realitys show" en donde un puñado de imbéciles se encierran en una casa a dejarse grabar cometiendo (no hay mejor manera de describirlo) la barbaridad de dejar que miles de cámaras husmeen lo peor de cada uno de ellos, todo con el fin de saltar a una gloria de luces efímeras como efímeros y absurdos son sus logros.

Después de semejante despachada yo como que mejor me quedo viendo una foto de mis padres cayendo la noche en La Surumba, ese pedazo de tierra que fue nuestra en las Sabanas del Vichada, los dos, mi madre abrazándolo y él con su sonrisa pícara, sentados debajo del guamo que daba sombra a la casa, totalmente felices, desentendidos de todos y de todo, luego de una jornada de vaquería y yo, detrás de la misma vieja cámara de la familia viéndolos a través del lente antes de oprimir el obturador.

Toda una historia por supuesto.


PD: Les manda a decir mi mamá que yo como siempre faltando a la verdad, que es árbol no era un guamo sino un guayacán.