Cada vez que le llegaba una carta de su hermana Belencita -que no Belen-, mi abuelita Mercedes -que no abuela-, la escondía y esperaba a estar a solas conmigo para que yo se la leyera en voz alta (es la hora que no sé la razón pues ella leía, y bien) para luego con mi letra clara, y con renglones hechos a lápiz que luego borrábamos, escribir la respuesta mientras ella me iba dictando:
"Querida Belen he recibido su misiva y me alegra saber que todos estén bien de salud..."
Cada vez que nos llegaba una carta a la fulana y a mi de mi tío Ricardo quien fuera el primero de nosotros en ir a estudiar al exterior, la fulana y yo mirábamos por horas, antes de abrirlo, el sobre con su timbre de París-La France e imaginábamos al remitente siempre al lado de la torre Eiffel o entrando al claustro viejo de La Sorbonne-Universite de París. Leíamos su contenido, generalmente plagado de felicitaciones para la fulana y lleno de recriminaciones para mi, por mis bajas notas académicas. Viajábamos con cada carta.
Cada vez que tenía un breve descanso en la Escuela Militar me sentaba a escribir largas cartas nostálgicas a mi abuela y a mis padres en donde exageraba mis siempre escasos logros y rememoraba las comidas que tanto extrañaba.
Cada vez que en medio de la selva o de las montañas escuchaba el rotor de un helicóptero, mi corazón se aceleraba esperando el anhelado paquete lleno de cartas de quien era mi esposa en ese entonces para leer una y otra vez cada palabra y para ver una y otra vez cada foto que me enviaba de Camila. En la noche, ya acostado en la hamaca y con una linterna táctica, leía y releía y veía y volvía a ver.
Cada vez que recibía una carta de mi madre sabía que al final mi viejo escribía una par de párrafos para mi. Los dos con esa caligrafía hermosa que ellos aprendieron y que con ellos esta muriendo, y los dos llenos de recomendaciones e indicaciones para que me cuidara y cuidara a los hombres bajo mi mando.
Todavía si busco en rincones y cajones olvidados encuentro a muchas de ellas y por supuesto que viajo al pasado, evoco y recuerdo cada instante. De hecho, ahora escribiendo esto, rememoro el sobre clásico de ribetes rojos y azules con el nombre del remitente en la esquina superior izquierda, el timbre o la estampilla en la superior derecha y el nombre del destinatario en el centro.
Cuánta falta hace de vez en cuando enviar una carta, cuánta falta hace de vez en cuando esperarla pero sobre todo cuánta falta hace de cuando en vez tener un hoja en blanco, un estilográfico y comenzar a escribirle a alguien especial lo que previamente hemos pensado decir con el corazón.
Amaba las cartas.
PD: ya no nos conocemos la letra
PD: ya no nos conocemos la letra