Voy a hablar de mi papá porque no ha sido suficiente lo mucho que lo recuerdo las varias veces al día, porque necesito exorcizarlo o porque simplemente yo, francamente no puedo vivir sin él, y cada día en el espejo, en las mañanas, antes de entrar a la ducha o al salir, o ambas, me descubro en él.
Voy a hablar de mi papá porque nunca será suficiente lo mucho que yo hable de él conmigo mismo o con el primer contertulio que tenga la mala fortuna de cruzarse en mi camino.
Voy a hablar de mi papá porque es el mejor personaje que yo he conocido, voy a hablar de mi papá y recordar la vez que viajando hacía mi Gandul a la altura de casa é teja y después de haberme escuchado incrédulo que yo acabase de colgar una llamada con mi esposa de entonces quien se encontraba en Italia no pudiese creer que hablar con Europa fuese tan fácil como marcar el número.
Voy a hablar de mi papá porque es el mejor personaje que yo he conocido, voy a hablar de mi papá y recordar la vez que viajando hacía mi Gandul a la altura de casa é teja y después de haberme escuchado incrédulo que yo acabase de colgar una llamada con mi esposa de entonces quien se encontraba en Italia no pudiese creer que hablar con Europa fuese tan fácil como marcar el número.
Voy a hablar de mi papá para escucharle contar una y otra vez que sus abuelos habían atravesado Arauca huyendo de la revuelta de la humbertera para fundar El Gandul (el de ellos), cerca a las bocas del Pauto, voy a hablar de mi papá para que me cuente como el viejo Carlos Hurtado su abuelo, en unas fiestas de Trinidad coleando sobre la calle principal al recoger la cola del bicho e inclinarse para terminar la faena se encontró con una pared que lo mató. Murió de aprendiz, cómo decía su papá, el abuelo Don Enrique, quien junto con su hermano y doña Rosa se quedaron en ese rincón y se apropiaron del mercado de ultramarinos que recibían por el Meta desde Orocué. Voy a hablar de mi papá para seguir oyéndole contar la vez que el abuelo llevo la primera nevera al pueblo y le vendía helados a sus compadres que llegaban con ellos derretidos dentro de los zamarros al hato de su propiedad, el de ellos, no el del abuelo, que todo hay que explicárselo a ustedes.
Voy a hablar de mi papá para imaginármelo de catorce años bajando de Sogamoso a Trinidad con el atajo de caballos del abuelo a pasar sus vacaciones de colegio. Doscientos setenta y cuatro kilómetros a caballo, catorce años de edad, acompañado por la peonada, recorriendo una ruta similar a la que uso Bolívar por Pisba sólo que de bajada, vía Aquitania, Pajarito, Aguazul, Yopal, Nunchia.
Voy a hablar de mi papá para imaginar al viejo Hector Riobueno concuñado de don Enrique llevándose todo el ganado del Gandul que no fuera blanco para fundar Santa fe cerca a Puerto Gaitán en el Meta, en donde tantas veces nos quedamos de viaje hacía La Surumba, el rincón del que se enamoró mi papá en el setenta y cuatro en las sabanas del Vichada y que partió en dos la historia de nuestra pequeña tribu.
Voy a hablar de mi papá para imaginar al viejo Hector Riobueno concuñado de don Enrique llevándose todo el ganado del Gandul que no fuera blanco para fundar Santa fe cerca a Puerto Gaitán en el Meta, en donde tantas veces nos quedamos de viaje hacía La Surumba, el rincón del que se enamoró mi papá en el setenta y cuatro en las sabanas del Vichada y que partió en dos la historia de nuestra pequeña tribu.
Voy a hablar de mi papá con los ojos cerrados para sentirlo detrás de mi mamá cantándole sus adaptadas composiciones o llevándome de madrina para amansar un potro cerrero, enseñándome a castrar un novillo y a herrar un bicho con el mismo hierro de su viejo que luego fue el mío, a curar una gusanera y a vadear un río bravero. Voy a hablar de mi papá para recordarnos juntos de a caballo sabaneando La Surumba buscando ganado enterrado en los bajos de la serranía, voy a hablar de mi papá manejando hacía Villavicencio al entierro de su mamá, callado, ido, recordando a doña Ana que nos esperaba ya muerta.
Voy a hablar de mi viejo con su oxigeno de lastre esperándome en su casa para darme un abrazo paterno y consolador que empezaba con sus ojos, pasando por sus brazos y terminando en sus palabras después de haber tenido una de las peores de experiencias de mi vida.
Voy a hablar de mi viejo con su oxigeno de lastre esperándome en su casa para darme un abrazo paterno y consolador que empezaba con sus ojos, pasando por sus brazos y terminando en sus palabras después de haber tenido una de las peores de experiencias de mi vida.
Voy a hablar de mi papá mientras recorro con mis dedos de niño de cinco años sus venas marcadas en las manos mientras que la fulana ronronea alrededor de la cama matrimonial y él, paciente, nos entrega la sección de monos de El Espectador para que lo dejemos en paz leyendo la columna de Klim.
Voy a hablar de mi papá sin parar, siempre.
Punto
Voy a hablar de mi papá sin parar, siempre.
Punto