miércoles, 16 de septiembre de 2015

Las niñas lindas

Conozcamos niñas lindas -todas lo son-, démonos la oportunidad de verlas a los ojos, de escucharlas, de descubrirlas. Exploremos cada palabra suya, cada gesto, cada movimiento, cada gemido, cada sonrisa misteriosa, cada risa abierta y franca. Repasemos con amor cada una de sus heridas, de sus cicatrices, acompañémoslas a recordar sus historias, escuchémoslas con atención, mirémoslas a lo lejos cuando hablan con otros, memoricemos sus abrazos, cerremos los ojos e imaginémolas con el pelo recogido, con una moña alta, con cola de caballo, recojamoles el mechón que rebelde opta por zafarse de la oreja, sorprendámonos con la belleza de su hombro izquierdo que se descubre bajo una blusa que resbala, gocemos cada que vez que cruzan sus piernas para nosotros o cuando las abren, ¿por qué no?

Sintamos en lo profundo de nuestro corazón cada caricia que ellas, las niñas lindas, nos dan, vibremos con sus cálidas palabras de aliento, con su mano que amorosa se posa en nuestros hombros, con sus ojos que brillan de amor por nosotros cuando nos tocan la barbilla, cuando acercan sus labios a los nuestros, cuando nos sorprenden por detrás con un abrazo fuerte, seguro. Besemos sus manos cada tanto, veamos sus ojos llenos de chispa y de esa sabiduría ancestral que sólo ellas tienen, escuchemos con atención cada vez que hablan con sus hijos...y aprendamos.

Enamoremos a una niña linda, dejemos que nos lean un poema recostados en sus piernas, leámosle un poema con ella recostada en nuestras piernas, cocinemos pasta para una niña linda, bebamos vino tinto con una niña linda, compartamos una tarta de chocolate con una niña linda, hagamos el amor con una niña linda.

Amemos (¿porqué no?) a una niña linda. 

No deberíamos pretender morir sin siquiera intentar esa osadía.

FIN

viernes, 4 de septiembre de 2015

Mi casa

Hace pocos días alguien a modo de reclamo me decía que la única parte donde al parecer yo me sentía cómodo era en mi casa...Y sí



(Pensaba contarles que al principio el comentario me cayó pesado, me molestó, me incómodo y que, -visceral que soy- quise responder con alevosía, con grosería, con pedantería, pero no, no lo hice, no recuerdo porqué, pero no lo hice y eso estuvo mejor, pues al final me dí cuenta que ella tenía razón. Yo me siento muy cómodo en mi casa pero mi casa no es solamente el lugar dónde están mis cosas, mis libros, sino también mis recuerdos, mis fantasmas y mis refugios, mi casa guarda para mi rincones y nostalgias, rincones en los que me siento feliz; mi sillón amarillo, mi esquina de la cama, el lado derecho del sofá, mis pies encima de una de las estanterías de mi magra biblioteca, las fotos de mis hijos, que por alguna razón son de pequeños, mi ya viejo mini componente con mis ya anticuados discompactos, las caratulas de estos que me llevan al pasado, a ese pasado lleno de recuerdos, algunos gratos, algunos dolorosos. Mi casa también son los individuales country que ya hace muchos años me hizo una novia que ya no me habla junto con el perro de felpa imantado qué también me regaló y que no se desprende de mi nevera admirada por todos, qué no es mi nevera sino la de mi hija. Mi casa por supuesto, también es la vieja enciclopedia Salvat que saqué a hurtadillas de mi vieja casa paterna y los cascos de enduro que tienen pisos de polvo por falta de uso, obvio, mi casa son mis sueños y mis ilusiones y estos los cargo a cuestas sí pero allí en ese sitio, en mi casa, encuentran sus raíces. 
Mi casa cómo la de casi todos tiene dirección, pero hoy es está y mañana será otra, cómo tantas otras que en mi mundo han sido y cómo en casi todas cómodo me he sentido)

Sí, mi amiga tenía razón, yo no me siento cómodo sino en mi casa, pero, y... ¿Quién no?