"Para que me preguntan si no van a hacer lo que uno les dice", era la frase que habitualmente soltaba mi papá cuando mi hermana y yo le pedíamos su opinión sobre algo.
Tenía razón en las dos cosas: No le hacíamos caso y por no hacerlo terminábamos cagándola.
Aprendimos los dos lo que él quería que aprendiéramos, es decir, a no dar consejos y a no asumir el papel de andar pretendiendo instruir a los demás sobre el cómo es que son las cosas, o el cómo es que se deben hacer. Algo de verdad odioso, con lo que he tenido que lidiar muy a menudo.
Se topa uno con un amigo que no ve hace mil años le cuenta uno un par de cosas como por hablar de algo y arranca el consabido...usted lo que debería hacer es...
Conoce uno a una nueva persona, habla con ella eventualmente del día a día, y arranca su perorata evangelizadora acerca de lo que debería yo hacer con mi vida, con mi empresa o con mis hijos.
Y no es que pretenda sabérmelas todas, faltaba más, pero ya estos años que me adornan me dan para buscar consejo en quienes confío, o mejor, en no preguntar, porque indefectiblemente sé que no voy a hacer caso y terminaré cagándola cómo siempre.
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