Tres de la tarde, ruta, norte de la ciudad, desplazamiento hacía el cantón norte, encuentro algunas ciclo rutas y después de cinco minutos de intenso pedaleo comienzo a mirar a todo el mundo por encima del hombro con un sentimiento de clara superioridad por estar contribuyendo a la reducción de la emisión de gases y al claro ejemplo que estoy dando en relación con la cultura ciudadana y la disminución del tráfico en la ciudad.
Debo señalar que el grupo perteneciente al tráfico del sector público (también denominados como taxistas hijos de la gran puta) tienen la tendencia a embestir "dado" el afán que al parecer siempre los acompaña.
Tres veinticinco peeme, llego a mi destino y me encuentro con un compañero de promoción junto con su esposa, ella de abrigo y él de rigurosa corbata quienes a pesar del cariño que me profe
san no se ahorran la mirada sospechosa "deenqueandaráéstelocojijueputa".
Luego de una larga espera logro mi cometido y salgo a buscar el sector de Unilago, llueve, bueno, está bien, llovizna sobre la ciudad y yo, aprendiz que soy, no cargo más protección que mi corazón de roble y mi pecho henchido de orgullo para hacerle frente a la pertinaz llovizna. (perdónenme lo lírico pero entiendan que acabo de salir de una unidad militar y uno tiene para siempre sus afectos arropados bajo esas banderas -perdónenme por segunda vez-).
Me encuentro en el camino sobre la ciclo ruta de la once a cantidad de estudiantes desplazándose en bicicleta y sin hablarles siento que somos logia, que pertenecemos a un club selecto, a una minoría exclusiva, a los hijos de las águilas, a los hermanos adoradores de las santas bielas.
Nueve y media de la noche luego de pajarear por la ciudad y hacer la última parada en pizza de carrito cerca a mi casa, llegó feliz (bueno, no tanto, pero no por eso), todavía no siento dolor en el culo y sí quedó con la motivación para enfrentar el segundo día.
Día 3
Reto difícil, día especial, grado de mi hija en el centro de Bogotá, no he conciliado bien el sueño pensando en cómo carajos solucionar el problema del sudor excesivo, la camisa empapada y el mugre en el cuello de la camisa, tres aeme se me enciende una luz de esperanza cuando recuerdo haber visto a excelsos conductores de Expreso Brasilia -gente divinamente por lo demás- con un pañuelito blanco en medio de su cuello (el de ellos, obvio) y el de la camisa (la de ellos, a ver...)
Pues venga, que tengo uno de los temas solucionados. Me visto de riguroso paño, me consigo un par de ligas que acuño en la bota del pantalón para evitar la engrasada con la cadena y parto.
Ruta: calle 97 con Boyacá hacía la Universidad Jorge Tadeo Lozano rumbo a ver a mi niña graduarse. Trato de mantener un pedaleo pausado, frecuencia cardíaca al 60%, aprovecho el terreno con sus inclinaciones, hago todos los pares respectivos, mantengo mi ritmo, adopto una actitud serena, miro hacía los lados algo arrogante, siento que hoy vuelvo a mirar por encima del hombro pero esta vez la razón es porque me siento por encima del bien y del mal atravesando dos centros financieros importantes y mi mueca de desprecio tiene que ver porque me creo alejado de posiciones mundanas, frívolas, innecesarias, que allí pululan, diga usted, un audi, un beeme, un mercedes y otras chucherías innombrables.
Llego a mi destino, parqueo, veo a mi niña recibir su diploma e inevitablemente la recuerdo en mis brazos, detrás mío en las unidades militares haciendo flexiones de pecho junto a mis hombres de Fuerzas Especiales, esperándome en tierra mientras salto a tres mil pies de altura, recorriendo juntos la Guajira, la he visto crecer (es un decir), la he visto hacerse madre y hacerme abuelo.
Salimos a almorzar, nos encontramos con el joven de marras que la pretende y luego de unos ravioles regados con cabernet sauvignon (lo sé, se me salió el esnob que me habita y que pretendo mantener a raya), nos despedimos y mi bicicleta y yo nos vamos algo melancólicos.
Regresamos a casa (mi bici y yo), subo a mi apartamento y mi mirada perdida me hace saber que esto que siento tiene nombre propio.
Anotación al margen: el culo aún no me duele.
Día 4
Seis aeme y yo ya estoy encima de mi mejor amiga, y cuando digo mi mejor amiga hablo de la bici, ¿estamos?.
Enruto hacia los outlets de las américas en donde debo terminar de organizar un evento que nos conducirá al Cantón Militar de Puente Aranda para vender chiros al personal que trabaja en dicha unidad.
El viaje es de diez kilómetros pero ésta lejos de ser tranquilo, ésta vez tomé la 68 y no fue tan buena decisión pues las ciclorutas están muy deterioradas, amén de los discontinuas, mucho smog a decir verdad y mucha calle obligada junto a los carros, empiezo a acusar los efectos de la alta contaminación, mis ojos me han estado ardiendo, trato de no pensar en ello y tomo nota mental para usar gafas de ahora en adelante. No es una ciudad amable con los bicicletos la que encuentro hoy, intento recuperar mi mejor ánimo, llegó a mi oficina, alisto los chiros, empacamos todo en el camión y salgo como avanzada hacia la guardia del cantón, el sargento que me recibe me mira con cara de éste capitán en bicicleta debe andar mondado, finalmente nos deja seguir e iniciamos la venta que será muy buena durante toda la jornada, eventualmente salgo dentro del cantón a repartir volantes en la bici, es de gran utilidad éste adminiculo en instalaciones militares dado las distancias considerables que hay de un lugar a otro.
Nos hemos divertido, hemos vendido y por supuesto nos sentimos satisfechos por una buena jornada laboral (nótese que ya hablo en plural, pues ella y yo ya casi somos uno y que me perdonen mi romanticismo, eso sí)
Salimos por toda la cincuenta hacia Pontevedra, me empiezo a sentir mal, un sudor helado cubre mi frente lo cual me lleva a acelerar el pedaleo para llegar lo antes posible.
Hay algo que me llama la atención y es que todavía éste ejercicio es nuevo para mi, pues de alguna manera cada vez que me encuentro con más bicicletos en los pares obligados, yo estoy buscando su aprobación y ellos sin excepción me ignoran.
Llegamos, ella se queda descansando y yo...debo solucionar mi problema de sudor frío en la frente.
Punto
Día 5
Sábado seis y media de la mañana salgo para La Vieja (again) me espera la trepada al páramo pues debo entrenar fortaleza a ver si algunos de estos días logro hacer un tiempo decente en esas carreras en las que después de viejo me dio por participar y en la que la gente no para de preguntarme que en qué puesto llegué. Respecto a lo anterior lo que respondo es que cuando yo cruzo la meta los atletas keniatas ya van volando de regreso a su país de origen, así es la cosa y no estoy exagerando.
En fin, que me disperso, sé con los primeros pedaleos que va a ser un día difícil, he pasado una mala noche por cuenta de mi sudor frío en la frente, testarudo que soy decido sin embargo salir a entrenar (ya lo dije), parqueo, subo, bajo y estiro, no sé si será mi malestar pero no disfruto el entrenamiento, me he dejado importunar por unos muchachos que en plena montaña, donde todo es comunión, silencio, reflexión no tienen ningún problema en andar con una grabadora (lo sé, tengo cincuenta) a todo taco escuchando reggaeton (perrea mami, perrea). Recojo mi bicicleta, busco desayuno, bajo por la setenta y dos hacia los outlets de la floresta donde debo atender una reunión, me siento mal, me siento enfermo, me siento cansado, me siento viejo, me siento miserable, me siento y me cuesta levantarme una vez terminada la reunión, lo logro y llego a mi casa por instrumentos. Inesita me ésta esperando con un almuerzo con el que no soy capaz y ya mi malestar se torna peor.
Recibo una llamada que es muy importante para mi, debo volver a salir, hago de tripas corazón, invoco al comando que todavía me sobrevive de cuando en vez y me trepo de nuevo a buscar Chapinero alto (favor dejar las suspicacias a un lado maricones), llego con las últimas, debo emplearme al máximo y salgo en hombros a pesar del malestar.
Río solo porque el que ríe solo...
Regreso a mi casa lleno de escalofríos, tengo miedo, hace mucho tiempo no me sentía tan mal, cuelgo mi bici, me enfundo tres sacos, dos cobijas y un pasamontañas y me refugio en el lugar más seguro en este momento para mi; mi cama.
Adenda: lo único que no me duele es el culo...aún
Día 6
Domingo primero de noviembre he sobrevivido y en medio de mi delirio he bajado al llano, cruzado por Villavicencio y tomado rumbo hacia los llanos del Vichada buscando el rincón del que se enamoró mi papá en el setenta y nueve, he cruzado el Meta a la altura de Puerto López, he parado en La Virgen y he llegado a desayunar a Puerto Gaitán donde Luz Marina la mujer de Oscar "taca taca" Riobueno, me he quedado en casa de Daniel y he salido con Beto a rumbiar a la Tusa el bar discoteca que regenta Mario, todos ellos primos hermanos de mi papá por el lado Ruiz, por el lado de mi abuela doñaAna, todos ellos Riobuenos y llenos de taras, "chico, chico".
Madrugo a buscar el alto de neblinas, para meterme al medio Vichada a buscar la Cristalina, cruzó por Santa Sofía la finca del español y mil horas después veo a lo lejos Guanape saludo al viejo Rafael dueño del único radio teléfono a cien kilómetros a la redonda, me tomo una gaseosa con doña Elena y me alisto para andar los últimos treinta kilómetros que me llevaran a La Surumba en dónde el viejo Cristobal me estará esperando con una totumada de guarapo cebado por él y mi papá me recibirá con su vieja sonrisa de "éstemaricosechiflódeunabuenavez", me mostrará su plantación de cocos enanos, me llevará a ver el ariete que nunca le funcionó, nos meteremos al porongo y yo bañado en lágrimas me despertaré para entender que él ya no está y que no habrá día en éste mundo en que dejaré de echarlo de menos, de extrañarlo, de llorarlo, de recordarlo.
Más tarde me alisto aún sintiéndome mal, bajo a buscar mi bicicleta y encuentro la llanta trasera desinflada.
Lo tomo como una epifanía; es la vida recordándome lo vulnerable que soy y lo insignificante que ídem
Día 7
Lunes festivo, no me pregunten de qué o por qué. Día de disfrutar, mi bici y yo, la ciclovía, no hay afanes, no hay reuniones, no hay sino personas en trance de hacer deporte. Me acompañan a despinchar la bici porque la vida sigue rodando y algunas veces para nuestro placer, acompañado.
A mi la ciclovía dominical o festiva me genera perspectivas variadas, por un lado están los que salimos ése día a correr fondo, a correr largo, a matarnos contra el asfalto, con ellos tengo, por obvias razones, una conexión especial -
favor recordar que los pájaros del mismo plumaje vuelan juntos-, nos reconocemos, muchos ya somos parte de ese paisaje, nos saludamos con un leve movimiento de cabeza, miramos de reojo su zancada, su braceo, su técnica y seguimos nuestra ruta, También están aquellos que están en trance de empezar con la onda del deporte; los patinadores en busca de equilibrio, los corredores con tenis inapropiados, pantalonetas de baloncesto, busos de algodón y tula a la espalda, ciclistas con el sillín muy bajo y el casco ladeado, bicicletas compradas en Al Kosto, MaKro, el éxito, Falabella que no les durarán muchas pedaleadas, también están las parejas de caminada de dos kilómetros y mazorca cada cien metros (se les nota, además), pero definitivamente el grupo fuera de concurso es el de los papás con sus chiquitines al lado en bicis rosaditas, con corneta, con rueditas de apoyo.
Yo siempre he creído que ésta raza tiene futuro mientras los papás enseñen a sus hijos a montar en bicicleta, a nadar, a bailar, a elevar cometas.
La ciclovía es un espacio creado para recrearse y eso hacemos mi bici y yo desde mi casa, subiendo por toda la 116 hasta la séptima y de allí hacia el sur hasta la plaza de Bolivar y regreso. Nos reímos, nos conmovemos, nos burlamos (¿porque no?), paramos por un jugo de naranja en el parque nacional, vemos a los ancianos hacer aeróbicos descoordinados pero plenos, pedaleamos suave, sabemos, ella y yo, que no tenemos afanes y que hoy no la estamos gozando...y sí.
Día 8
Último día de mi Bitácora y ya me están haciendo falta ustedes mis doctos lectores, me recibe un día brumoso que se convierte en lluvia pertinaz mientras ella y yo vamos hacía la oficina, ésta vez, diferente al primer día voy un poco mejor preparado, a saber: chaqueta liviana impermeable, guantes de enduro, pasamontañas sobre mi cabezota, que no cabeza y gafas, soy lo que se dice un bicicleto plei, que lleva su morral merrell a la espalda (jueputa esnobismo el mío depordios!!!).
Prosigo, dos puntos, tengo sentimientos encontrados, soy feliz porque he logrado aventarme a andar ocho días sobre una bicicleta en una ciudad con unos índices de seguridad lejos de ser optimistas y por otra parte me embarga la melancolía (saudade diríamos los que posamos de intelectuales bohemios, otra maricada mía propia de mi formación en ni mierda pero con ínfulas), pues en mi vanidad estoy convencido que he logrado crear un vinculo especial, íntimo, entrañable, inseparable, fraternal, recóndito, profundo con cada uno de ustedes mis más caros lectores (mucho hablar mierda yo mano).
Retomo; han sido ocho días a cuestas de mi bicicleta que me ha enseñado otra ciudad, que me ha dejado verla de otra manera, desde otro ángulo o bajo otra perspectiva si lo prefieren, he concluido por ejemplo que los bicicletos somos gente solitaria, nunca vi combos, siempre cada uno con su bicicleta, sus audífonos y la mirada al frente esperando llegar raudos a sus destinos, vi bicicletos con cigarrillos en la mano, con el porro presto a ser consumido (moríme de la envidia, marihuaneros que en el mundo hemos sido), bicicletos con sus niños adormilados rumbo al cole, bicicletos haciendo malabares con su celular, bicicletos enfundados en bufandas, bicicletos en bermudas, bicicletas, muchas niñas en bicicleta y para ellas mi admiración, no es fácil ser mujer en éste país machista y por ende mucho menos debe ser para ellas desplazarse en bicicleta y soportar la patanería disfrazada de piropos que algunas veces escuché amén de los improperios por torpes y lentas (según ellos). Finalmente el mundo de lo bicicletos, cómo el de los motonetos es un reflejo de lo que somos, es decir una parranda de intolerantes que buscan su bienestar particular sin importar que para ello se atropelle a los demás, nada que difiera de lo que pasa todo el tiempo, todos los días.
Pero venga. que la idea cuando me decidí por éste proyecto era responderme una sola pregunta:
¿Es amable ésta ciudad para andar en bicicleta?
Mi respuesta es tanjante: NO, y esto sin desconocer el esfuerzo que se ha hecho para que así sea.
Mis razones son varias; por un lado ciclorutas muy deterioradas, grandes áreas de la ciudad descubiertas y mucha discontinuidad en las rutas y por otra parte nos mata nuestra agresividad, la falta de respeto, la intolerancia (ya lo había mencionado), la grosería, la guachada, la patanería o para ponerlo en palabras de mi padre la falta de buenas maneras, de cultura.
FIN
PS: El culo firme, eso sí.