Se llama Isabel, le dicen, ¿le digo? Isa. Tiene 21 años, es tecnóloga agropecuaria y está homologando materias para obtener su título en Ingeniería Ambiental. Vive en Ocaña, es de San Vicente de Chucuri, su padre es pensionado, su madre ama de casa, es la menor de tres hijos y tiene novio paisa.

Isa, a quien no conozco personalmente, sube cada ocho días a Pueblo Nuevo un corregimiento a media hora de Ocaña en carro y desde allí sigue a pie hora y media, montaña arriba en busca de cuatro niños que esperan religiosamente su visita para que les revise las tareas que les ha dejado desde la semana anterior.
No ha sido fácil, me cuenta,
estos chicos apenas hablan y las primeras veces tan pronto me sentían llegar corrían a esconderse de lo tímidos que son. Fui acercándome a ellos a través de los colores, las tijeras y las revistas que les llevaba y los juegos que les enseñaba.

Le pregunto, ¿por qué Pueblo Nuevo, por qué esos niños? y me responde :
"empecé a frecuentar mucho las vered
as de ese corregimiento porque hice las prácticas de una materia llamada extensión rural en la que tenés (sic) que visitar fincas y tratar de hacer un diagnóstico de la zona, en cuanto a producción ganadera que es lo que más trabajan los campesinos de ese sector y quedé enamorada de los paisajes, de la gente, de los niños, del frío, de todo y desde hace dos años y medio subo y me quedo en la finca de quien fue mi profesor de esta materia y que vive allí. Él es una de las personas que más ha influido en mi vida y constantemente me esta cuestionando para que lea más, sobre todo filosofía y todo lo que tenga que ver con humanidades. Allí en Pueblo Nuevo yo me siento como en mi casa e inclusive a veces mejor que en mi casa.

Isa hizo un préstamo y con esa plata viaja a Medellín, visita al novio, se va para "
El hueco" merca ropa y bisutería para vender y con una parte de las utilidades y alguna rifa eventual, le compra a los niños los útiles escolares que necesitan y uno que otro regalo por navidad y cumpleaños.
Estos niños, me contaba ella, viven con los abuelos, que a su vez viven de lo que les produce la pequeña finca que tienen. Sus madres (la de los niños) se ganan la vida como empleadas domésticas y suben a visitarlos una vez por mes cuando el trabajo se los permite. No resulta tan fácil enviarlos a la escuela debido a la distancia.

La historia es linda, ejemplarizante, meritoria y muchos de ustedes tendrán algunas iguales o más enriquecedoras, lo cual afortunadamente esta muy bien. A mi, la de Isa me conmovió, no solamente por el grado de compromiso, de generosidad y de amor de ella con estos chiquitos, si no por que hizo lo más sencillo a saber: Ponerle corazón, transmitir un poco de su conocimiento y transferir mucha de su alegría natural sin ponerse a pensar en retribuciones y palmaditas de reconocimiento.
En conclusión dos puntos y sin más, Isa simplemente se atrevió a dar.
Bacano, ¿no?