martes, 24 de diciembre de 2013

Una impresión de navidad

El papel seda color rojo y verde suena agradable cada vez que lo doblas, mientras tu, sentada, vas empacando con verdadero amor cada uno de los obsequios que has escogido para los tuyos. Detrás de ti suena Jewel y yo, recostado en el sofá blanco, termino este diario catártico (¿cuál no lo es?) de un húngaro ex burgués abandonado a su suerte y a su exilio.

El agua corre, Miguel se ducha.

Bogotá, 24 de diciembre de 2013

jueves, 12 de diciembre de 2013

Una historia de amor.

Llegaron él y sus cinco hijos del cementerio, tristes y abatidos después de haber enterrado, él, a quien fuera su esposa durante cuarenta y cinco años, y ellos a su mamá. Cansados, con hambre, y sin ánimo para nada diferente que fuera pedir un domicilio, se tranzaron por un pollo que tardó cincuenta minutos en llegar.

Él en la cabecera de la mesa, la silla vacía a su derecha, y ellos sentados cada uno en los puestos que desde pequeños les fueron asignando por orden de llegada y por la fuerza de la costumbre se dispusieron a comer -pasadas ya las cuatro de la tarde- lo que podría ser el almuerzo más triste de su vida. Fue la hija mayor quien hizo los honores de servirle su sempiterna pechuga que él se limito a mirar con esos ojos profundos que da la edad y con esa tristeza interminable que da el haber perdido a su compañera de tantos años.

-A mi no me gusta la pechuga, exclamó.

Todos, incluyendo la silla vacía, se miraron sorprendidos entre sí y se mantuvieron desconcertados en un engorroso medio minuto que a cada uno (a la silla vacía la que más), le pareció eterno.

No era para menos, durante toda su vida habían sido testigos de que la pechuga había sido su plato predilecto, lo habían visto engullir a satisfacción y con ojos llenos de placer la tan preciada (creían ellos) presa.

-A mi no me gusta la pechuga repitió.

-¡Pero si...! exclamaron todos al unísono, (la silla vacía la que más).

-NO ME GUSTA, nunca me ha gustado, todo se debe a que a su abuelo le encantaba y alrededor de esta presa se gestaba todo un ceremonial tribal para hacerle saber lo mucho que lo querían, lo mucho que lo cuidaban y lo mucho que lo necesitaban, y cuando su mamá y yo nos casamos y formamos nuestro propio hogar heredé esta tradición, y cómo yo había sido testigo de lo importante que era para ella esta muestra de afecto, no tuve corazón para romper el de ella haciéndole saber que a mi la pechuga no me gustaba.

 -Cuarenta y cinco años -continuó-, recibí mi pechuga como lo que era, el más grande acto de amor de su  mamá hacía mi, lo que por supuesto, y no creo que tenga que explicárselos, era mucho más importante que  cualquier otra cosa, incluyendo mi aversión a tan insípida pieza.


Un suspiro de amor se escucho en el comedor...la silla vacía la que más.