Imagínense que ustedes están sosteniendo una conversación en la sala de su casa con alguien a quien quieren, a quien aprecian, a quien consideran su amigo o su amiga, alguien con quien has sido especial, con quien has sido considerado, a quien le has entregado tu amistad. Es más, ese alguien es quien te busca para conversar y tú, amable que eres, sacas un tiempo, lo escuchas atentamente, intentas ser útil, intentas animarlo, en fin, hacerlo sentir bien o por lo menos servirle de consuelo y porque no, de entretención, algo que a veces tanto necesitamos.
Imagínense que pueden durar mucho tiempo conversando, riéndose de cada ocurrencia, sintiéndose agradable y pensando que la vida tiene sus misterios maravillosos cuando nos pone personas con las que podemos entendernos muy bien y con quien podemos trascender en el tiempo.
Ahora, imagínense que esa persona se para de su sala y sin mediar palabra se va, sin decir nada, sin siquiera despedirse.
Así mismo, como ustedes se sintieron (si hicieron el ejercicio de imaginación que les propuse) me siento yo cada vez que alguien hace uso debido de su mala educación, de su falta de modales y me va dejando colgado en una conversación a través de un chat, que muchas veces ellos mismos buscaron.
A mi, repito, a mi, no me cabe en la cabeza que alguien por más importante que sea o por más afanado que esté no se tome cinco segundos para despedirse o excusarse en caso de que se haya ocupado.
Yo quiero creer a pie juntillas algo que decía mi padre: "las buenas maneras no riñen con nada".
Punto
Punto