viernes, 12 de julio de 2013

Un recuerdo

Para los que me conocen no es ningún secreto que yo afirme que quien me enseño a leer fue mi padre, o mejor dicho, a quien le heredé el amor por los libros y a la lectura fue a él, y no porque me hubiese inducido de mil maneras a coger un libro, de hecho no recuerdo que me haya insistido mayor cosa del asunto. 

Lo que yo recuerdo es que mi padre dormía poco y leía mucho, motivo por el cual era expulsado del lecho matrimonial, razón por la que aterrizaba en mi habitación, donde encontraba un chinchorro guindado en el que se acomodaba luego de prender la luz, a continuar su lectura. 

Por supuesto que a mi no me asistía el mínimo derecho al reclamo y en cambio, sí me acostumbré a verlo en mi duermevela, imbuido, ido, lejos muy lejos, página tras página, libro tras libro, noche tras noche devorándolos, a tal punto que yo mismo comencé a preguntarme qué había detrás de cada letra, de cada palabra, que se entretejía cuando las hilaba, cuando se unían, qué historias contaban, hacía donde lo llevaban, por qué sus ojos brillaban a veces febrilmente, por qué sus ojos enrojecidos se negaban a cerrarse, se negaban el descanso, qué tantas cosas pasaban por su cabeza, cuál era el misterio que allí habitaba, por qué exclamaba, por qué sonreía, por qué fruncía el ceño. 

Sí, sin duda, mi padre efectivamente me enseño a leer.