sábado, 27 de abril de 2013

El Wannabe

Yo, hijo de  mi padre, salí con la misma compulsión al rechazo hacia todos aquellos que aman aparentar, y no sólo estoy hablando de dinero porque aparentadores hay de toda especie. Hay quienes posan de intelectuales, emprendedores, ejecutivos exitosos, viajados, cultos, perfectos, de familias de rancia raigambre, de tener acceso a las salas VIP de las aerolineas en particular y del resto en general y de un largo etcétera. Debo sí decir, que los que más me incomodan son aquellos que utilizan su billetera para arrastrar y pisotear a quienes no consideran sus iguales y por iguales me estoy refiriendo a la suma de sus cuentas corrientes.

No es fácil hablar de este tema porque finalmente de aparentadores todos tenemos un poco, sin embargo hay cosas y hechos concretos que potencian la estupidez de los que más, a tal punto, que no acaba uno de sorprenderse por los límites que pueden alcanzar estos personajes con tal de lograr algún -el que sea- tipo de reconocimiento.

Hace un tiempo asistí al bazar de un colegio de esos en los que algunos de mis amigos tienen a sus hijos y cuya importancia deriva más del tipo de camioneta y el número de escoltas que tienen los papás que en la formación de sus hijos y, luego del gasto, siempre exagerado de dinero por una comida fría mal servida y mal sentada, llegó la hora de los discursos en donde las directivas informaban acerca de sus proyectos, más de infraestructura que educativos (en este caso un coliseo) y cuan sería mi (nuestra) sorpresa cuando un padre de esos de camioneta 4x4 blindada se paró junto a su esposa y sus hijos a anunciar(nos) que "Pepita, los niños y yo" habían tomado la decisión de donar CIEN MILLONES DE PESOS para que se terminara de construir dicho coliseo. Repito, dos puntos: ¡CIEN MILLONES DE PESOS! 

(Dejo este espacio para que en silencio entiendan el despropósito)

Prosigo. En un país cuya tasa de analfabetismo alcanza un exagerado 9,6%, y  la cobertura escolar en el área rural tiene un déficit escandaloso del 30%, donde sólo 25 de cada 100 estudiantes acceden a educación superior y el 55% de las escuelas campesinas no conoce un computador; no deja de ser  morboso que un nuevo rico, que un esnob de pacotilla, un aparentador social salga con un desatino de ese tamaño frente a una comunidad que por las razones que sea "non semper sanctas" tiene exagerados privilegios y bajo ninguna circunstancia cabe y cabrá en mi cabezota que alguien no pueda encontrar mejores obras a las cuales destinar una suma tan exagerada y considerable de dinero.

Mejor dicho y aquí debo corregir, es claro que tiene una razón y esta no es otra que la de batir en nuestras narices un fajo de billetes a quien el considera sus iguales.

Y pensar para mi pesar que hay (mucha) gente así.

martes, 16 de abril de 2013

El juez

Estoy molesto con un compañero y lo estoy sobre todo porque lo consideraba una persona inteligente, con capacidad de reflexión, de análisis y aún más de tolerancia y prudencia.

Pero resulta que no, que no es así y de ahí mi molestia con él, y también conmigo, por hacerme ilusiones, y por permitir que me afecte lo que otros hagan, digan, opinen, crean.

Mi compañero -que no amigo- se hizo abogado después de ser militar y hace dos o tres años fue nombrado juez penal militar, (pero juez al fin y al cabo) y desde esos mismos años  ha sacado a modelar una faceta que otrora tenia bastante oculta; la del intolerante recalcitrante, la del  obtuso reaccionario, la del facho enardecido que a juro de querer parecer gracioso, termina siendo ofensivo, vulgar e irrespetuoso.

Todo esto a través de las redes sociales, en FaceBook para ser exactos, en donde cada quien va colgando en su muro lo que a bien tenga, que es donde yo creo que nos equivocamos, pues ese "a bien tenga" debería ser medido, respetuoso, pensado.

Desde siempre escuche decir que los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás y sonará cliché y todo lo que ustedes quieran, pero no por eso menos cierto. 

No concibo, ni concebiré jamás, que siendo Juez de la República, sinónimo de ecuanimidad, equilibrio, equidad y por supuesto, de autoridad, vaya públicamente denostando contra los homosexuales, contra las personas de izquierda, contra los malquerientes de Uribe, de Capriles (Sí! también se mete en asuntos externos), mejor dicho contra todo aquello que se aparte de sus sesgadas y fascistas convicciones.

¿Qué podrá esperar -me pregunto yo- quien pase bajo su togado? 
-Nada bueno -me respondo yo mismo-, si logra detectar que no se es reverentemente fiel a sus convicciones. (las de él, las del juez, las de mi compañero para que les quede claro).

Es la polarizaciòn -me quedo pensando- uno de los más grandes males que aquejan esta sociedad de por si ya bastante apaleada y es nuestra responsabilidad hacer esfuerzos ingentes para entendernos, para entender que no porque pensemos diferente somos más buenos o más malos dependiendo de la ubicación y que el hecho afortunado de vivir bajo una democracia trae escrito la libertad de escoger en que pensar, en que creer, eso si, sin atropellar, sin humillar, sin mancillar, sin insultar.

Yo creo que cuando se alcanzan dignidades y ser juez es una gran dignidad, hay que saber entender que estas vienen con deberes, con responsabilidades y especialmente con silencios.

Quiera el Dios de mi compañero que el hijo que tiene y que tanto se precia de amar (a través de la red) no le salga "marica", pobre muchacho de ser así.

PS: A mi tanta homofóbia declarada siempre me parecerá sospechosa.

viernes, 5 de abril de 2013

Cinco de abril

Ayer cumplí años, no fue un buen día pero cumplí años. Traigo el hecho a colación porque tal parece que uno esta obligado el día de su cumpleaños a estar bien, a ser feliz y no siempre es así, y cuando no se pasa bien en esa fecha, y uno lo expresa, nuestros más cercanos, nuestros bien-querientes se sienten aludidos, como si nos hubieran fallado, como si fuese su culpa y no necesariamente lo es o por lo menos, no en este caso.

Yo siempre he tenido la idea que no soy muy bueno para recibir explosiones de cariño, de afecto, siempre estoy tratando de descubrir la hipocresía vedada, la llamada obligada, el mensaje de texto frío escrito por salir del paso, por eso cumplir años me cohíbe un poco o mejor, me cohíbe un mucho. Imbécil que es uno, inseguro que también es uno. 

Ayer cumplí años y estuve más bien triste, añoré más que de costumbre la llamada de madrugada (es literal) de mi viejo, quién siempre saludaba con un "que viejos que están mis hijos" y luego pasaba mi madre y a los cinco minutos llamaban mis tías y así. Ahora, debo decir que excepto la de mi padre, el resto llamó, sin embargo no logré conectarme con el hecho, no tuve la capacidad de liberarme de mi sombrío estado de ánimo, preferí encerrarme en la nostalgia de lo que uno considera los mejores tiempos, que va uno a ver y son mejores porque ya pasaron, por nada más.

A veces pienso que puede ser esta soledad que me arrastra y me apalea con mayor intensidad cada cierto tiempo o que sufrí un ataque (válido) de melancolía, de añoranza, de pesadumbre...

Ayer cumplí años y no fui feliz.

Mea culpa (de nadie más).