La primera vez -por lo menos consciente- que viajé en avión tendría, diga usted unos siete años e iba exiliado Llano adentro para las bocas del río Pauto a pasar vacaciones navideñas en el hato Las Plumas. No conozco la razón del exilio, pues a esa edad todavía no me habían echado del primer colegio, no había sustraído subrepticiamente con mis amigotes -que no amigos- el Simca de la familia y el Susuki de mi papá no había sufrido ninguna abolladura a causa mía, debido entre otras a que en esa época tenía un jeep Willis o una moto Honda, no recuerdo bien. Esos fueron otros exilios y ya no a los llanos casanareños sino a las serranías del Vichada a donde se fue mi padre a fundar La Surumba.
Decía, que mi primera experiencia aérea en solitario se dio a esa edad en un DC-3 mod. 1947 de aerolíneas La Urraca, empresa que desapareció literalmente cuando la última de sus aeronaves chocó contra un cerro. Sea esta la oportunidad para enviarle un saludo a la señora madre de cada uno de los tripulantes que me hicieron entrar en pánico una vez me percaté que para prender dicho aparato se ayudaban con unos rejos impulsando las hélices cual planta eléctrica, guadañadora o motobomba, y no dejé de gritar, hijueputear, escupir, patear, arañar al esposo "godo" (que todo hay que decirlo) de una prima, que iba para Trinidad y a quien me recomendaron, y en donde me estaban esperando con un atajo de bestias y una recua de bueyes la chueca Isabel, su esposo Vicente y sus dos hijos -mis primos- para emprender un viaje de seis horas en ancas de mi prima María Isabel con quien siempre tuve amores platónicos (que todo hay que decirlo).
Fue el inicio de unas vacaciones que luego resultaron calcadas a las demás en donde el concepto de diversión se remitía a jugar linea cuatro (si, ya existía), batalla naval (también, si) y a comernos unos melocotones almibarados que eran nuestro premio del día y a los que el viejo Vicente les hacía todo un ritual que empezaba por abrir la lata haciendo gala y alarde de su navaja Smith & Wesson -que yo admiraba y anhelaba más que cualquier otra cosa en el mundo y que hoy esta en mis manos después de haber estado en las de mi padre quien se la heredó- . Todo lo anterior después de las cinco de la tarde, hora en que las labores propias del hato culminaban encerrando la becerrada en los corrales y que iniciaba a las cinco de la mañana con la ordeñada.
Conocer el llano a esa edad y de esa manera generó en mi la convicción y el orgullo de pertenecer a una raza de hombres bravíos, pero sobre todo simples, básicos y de mirada amplia como la sabana misma. Fue mi primera vez para muchas cosas; montar a caballo sólo, pastorear ganado, recogerlo, marcarlo, curarle la gusanera, caparlo, bañarlo, pero especialmente fue mi primera navidad fuera de casa y sin los míos.
Cada noche rezábamos (sí, yo recé) la novena en el hato El Porvenir de propiedad de la hermana y sobrinas de Vicente el esposo de mi tía, quienes habían armado un árbol navideño inmenso rodeado de regalos. Yo, cada vez que podía revisaba al escondido los paquetes para buscar el mio, y siempre lo encontraba colgando de una de las ramas. Era pequeño, pero era mío, era rectangular, diez centímetros de largo y tres de ancho y duro al tacto -lo más parecido a una navaja diga usted- .
Llegó el añorado veinticuatro y después de la consabida rezadera y de la hayaca tradicional, empezaron con la repartición de los regalos: paquetes iban y venían, mi prima destapaba, mi primo ídem, los hijos de los encargados otro tanto, muñecas, carritos, avioncitos etc, hasta que llegó el momento del mío (pequeño, pero mio), rectangular, diez centímetros de largo por tres de ancho -una navaja haga de cuenta- y cuál no sería mi sorpresa, la tristeza, la desazón, el desconcierto, la rabia, la impotencia cuando me encontré entre el envoltorio un paquete de galletas waffer. Repito, dos puntos, UN miserable básico y simple (así, como los llaneros) paquete de galletas waffer de vainilla de regalo de navidad para un niño de siete años que todavía hoy es la hora que no entiende en que cabeza adulta empezando por mis padres, pasando por mi tía y las tías de mis primos pudieron, a los unos no ocurrirsele mandar los regalos y a los otros pretender que con ese paquete de galletas yo iba a quedar feliz -que no hay nada más peligroso que un descriteriado con iniciativa-. A este niño no le dejaron alternativa diferente que la de desquitarse con sus papás, chocándoles el carro, sustrayéndolo subrepticiamente del garaje apoyado por sus leales amigos, que no amigotes, haciéndose expulsar colegio tras colegio, metiéndose a militar, casándose a los 21 años, teniendo dos hijos, siendo abuelo a las 39, hasta que ya no hubo más remedio que parar la catarsis so pena de parecer exagerado.
Regresé de mis primeras vacaciones en solitario un seis de reyes en el mismo DC-3 mod. 1947 de aerolineas La Urraca, que luego desapareció como ya lo manifesté al principio de esta declaración. Los tres, me estaban esperando en el viejo aeropuerto de Vanguardia en Villavicencio (donde más), el mismo que todavía existe y opera, para llevarme a la vieja casa de la Esperanza en dónde encontré bajo el árbol mis regalos: un lego (sí, ya existían), patines y patineta (también, sí), ropa y demás. Pero ya que, ya el daño estaba hecho y el desquite pensado.
Obvio yo a los tres los he adorado y ellos a mi (que todo hay que decirlo), porque qué más.
Obvio yo a los tres los he adorado y ellos a mi (que todo hay que decirlo), porque qué más.