viernes, 13 de agosto de 2010

La cazuela de la abuela

Si algo he disfrutado últimamente son los largos, pero de verdad largos almuerzos donde Marco Alberto, un Teniente Coronel en uso de buen retiro, compañero de promoción y un caballero literalmente por todos lados (hay quienes me entenderán la aclaración). 

Decía que he disfrutado la ingesta donde Marco A, por que además de la buena mesa, hay buena conversa y lo mejor, siempre muy buena compañía, y lo digo por que muchas veces proponiéndonos o sin hacerlo, nos reunimos varios amigos de armas y terminamos alargando un café hasta que nos sacan de allí por cierre del local.

Ha venido pues, convirtiéndose el sitio en un enclave y en un cónclave, que nos permite desahogarnos, despacharnos, escucharnos y observarnos con el cariño y el amor de nosotros los hombres y con la mirada clara y tranquila que ya nos comienzan a dar los años. Es decir con compasión. 

Lo fabuloso del cuento - o por lo menos es lo que yo prefiero pensar -  es que a este sitio llegamos desarmados de investiduras, de caretas, de falsas dignidades, no llegamos a aparentar y es esto lo que hace que nuestras tertulias sean limpias de snobismos, y si algún despistado llega con esa actitud lo más seguro es que no vuelve; (aclaro que a las reuniones, por que el restaurante es increíble). Ahora esto no es gratis, esto se debe a la forma de ser de su dueño, quién a pesar de su notable éxito esta absolutamente lleno de buenas maneras, de una generosidad sin limites y sin mezquindades, lo que hace que me sienta como en la mesa de un buen amigo que abre las puertas de su hogar para nosotros.

Escribo esto hoy un 13 de agosto pasada las nueve de la noche, acompañado de Rocki, con el amito en la calle, Camila de rumba y yo con ganas de lo mismo, pero sin atreverme y pensando en lo bien que me vendría un buen trago fuerte pero sobretodo la conversa donde Marco A, y con Marco A por supuesto, acompañados de Marcelita la esposa de un buen, pero ingrato compañero, quién es tan centenaria como nosotros mismos y con quién las tertulias se llenan del buen humor propio de las personas inteligentes y con ese sentido común que solo ellas pueden tener.

Termino pensando que de las cosas aburridas de tener esta edad que tengo y esta soledad que me acompaña, es que con las personas que me gusta estar, todas y cada una de ellas en previas de puente van con sus familias rumbo a lugares de descanso que yo la verdad detesto y por ello los compadezco. Así que a seguir rumiando esta a veces demasiado sola soledad.

En fin, mi cama ya estuvo caliente en esta tarde de viernes y yo he quedado con ganas de buena compañía.

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