Ayer se abrieron las puertas del Angloamericano, para recibir una nueva versión del festival del Malpensante, confieso que es mi primera vez y que a mi estas vainas me entusiasman, como podría entusiasmarse cualquier persona en un concierto de su cantante preferido. Es decir yo veo a todos estos personajes que han publicado como mis mayores ídolos y yo su mas ferviente fan.
Se abrió pues ya lo dije este Festival y asistí a la charla de Hector Abad y Jaime Correas, en dónde este par nos cuentan una historia de tinte policíaco que se deriva de una triste experiencia personal de Hector Abad, al encontrar un poema en el bolsillo del vestido del cadáver de su padre (me iba saliendo largo el asunto). En fin a raíz de este episodio Hector inicia una investigación o mas bien peregrinaje, tratando de averiguar si este poema pertenecía a Jorge Luis Borges o no.
Contar la historia aquí no tiene sentido, máxime cuando parte de esta va a ser publicada el próximo domingo en el Espectador. No de lo que quiero hablar es de algunas cosas que me vienen conmoviendo al respecto.
Lo primero es la Admiración por Hector que se lo toma como un reto personal y se aferra a un hecho que le recuerda a su padre, para iniciar una búsqueda que lo llevará aún mas (si es posible), a hacer perenne a su viejo. Esa constancia, esa disciplina de investigador, esa pasión por encontrar la certeza de los hechos, no deja nunca de sorprenderme cuándo los encuentro en las personas.
Lo segundo es como en este tipo de búsquedas se van encontrando en el camino seres humanos maravillosos, curiosos, que no solo terminan aportando a la construcción de la historia sino que se entregan y por ende alimentan la cadena básica de la amistad, el colegaje, la camaradería y la complicidad, que hace que una persona se nutra y se mantenga vital.
Lo tercero es de asombro, pues me he venido preguntando cuál será la clave o el entorno que hace que algunas personas logren determinar sin equívocos su verdadera esencia y logren poner tal amor por ejercerla que terminan siendo creadores de obras maravillosas. Es decir que puede hacer uno para descubrirla o para potenciarla o para generarla; será la educación paterna? su circulo familiar? su colegio? su formación superior? o simplemente se llega a este mundo tan cargado, con tanto talento que les resulta imposible dejarlo a un lado e ignorarlo.
Lo cuarto y lo último. Cuando asisto a este tipo de eventos, me siento como en una liturgia en donde los que estamos allí, de cierta manera, nos compenetramos de una forma tan singular que se termina creyendo que son viejos conocidos, que venimos compartiendo un gusto común. El escucharlos, preguntando al final, reflexionando sobre lo dicho o aportando elementos a la historia, hace que no pierda las esperanzas en que todavía este tipo de ejercicios perduren y le ganen la batalla a las ciencias exactas y que aquella formación humanística tan olvidada no haya pasado a mejor vida todavía, lo cuál en caso de que ocurriese sería para mi un desastre de grandes proporciones.
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