viernes, 16 de junio de 2017

Soy padre

Soy padre, que ya lo saben, que ya lo he dicho. Soy padre, repito, de un par de jóvenes; una señorita de 30 años y un muchacho de 21. Soy padre de ese par y lo celebro. Me celebro.

Cuando supe que iba a ser padre de la señorita tenía la edad que hoy mi muchacho tiene y saber aquello se convirtió en la mejor aventura que he tenido en mi vida. Era joven, era pobre (sigo siéndolo), era subteniente, amaba mi carrera y amaba el hecho de saberme padre y de estar sirviendo a mi país (no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero amaba esos dos hechos).

Lo demás ya lo he contado, cada cosa que hacía, cada obstáculo que vencía, cada (magro) logro que conseguía tenía una sola motivación, ella, la señorita de hoy, de quien vivo fanfarroneando de lo orgulloso que me siento.

Cuando supe que iba a ser padre del muchacho, rondaba los 32 años y me había casado por segunda vez. Ya no era subteniente, era capitán en uso de buen retiro que llamaban antes, trabajaba para uno de los bancos de don Luis Carlos y quería comerme el cuento del ejecutivo exitoso, seguía siendo pobre (en éste país todos los somos excepto una pequeña minoría) y seguía queriendo a mi país y a la fuerza a la que había pertenecido pero de la que me había hartado.

Lo demás ya lo he contado, tuve la fortuna de estar al lado del muchacho desde pequeño hasta verlo convertido en eso, en un muchacho, en el muchacho que es y en el hombre maravilloso en que se ésta convirtiendo y del cual me siento muy orgulloso.

Soy padre, que ya lo saben, que ya lo he dicho. Padre de un par de jóvenes; una señorita de 30 y un muchacho de 21, 

También he dicho hasta el cansancio que me tocó en suerte ser padre de un par de maravillosas y buenas personas, pero lo que más quiero decir hoy con profunda convicción, es que en estos últimos tiempos de tantas de tribulaciones y profundas tristezas, en donde han sido más los que se van que los que se quedan, que ellos, la señorita y el muchacho han estado ahí, a mi lado, como uno solo, como un puño cerrado, haciéndome saber a cada instante, hasta el cansancio y de infinitas maneras, que cuento con ellos, con su amistad, con su apoyo, con su cariño y por supuesto con su amor que es en últimas lo que más me importa en este mundo.

Soy padre de ese par y lo celebro. Me celebro.

viernes, 24 de marzo de 2017

Pensaba

Pensaba escribir sobre esa vaina tan jarta en la que se han convertido muchos corredores obsesionados con sus tiempos, ritmos, respiraciones, series, selfies, carreras, metas, distancias, marcas, "personal records", videos inspiradores, piernas y brazos con las marcas del bronceado, desfile de uniformes, de trisuit, de gafas, de medallas de "finisher", camisetas conmemorativas, grupos de chat que ya parecen sectas religiosas de la peor especie, autobombo, porno miseria, plegarias de corredor, clubes excluyentes, intrigas, líderes tiranos, familias corredoras, cronogramas de carreras, días de carbohidratos, geles, gomas, días para culiar, días para no culiar, salidas sociales donde especifican que no todo es correr pero lo traigo a colación para que me admiren, desfile de modas, sueños de modelitos, monitores cardíacos, preguntas estúpidas, aplicaciones, seguimientos en vivo, animaciones a distancia, "hashtags hasta para cagar", auto adulaciones, inter adulaciones, supra adulaciones y así...por sæcula sæculorum ad nauseam (y que me perdonen mi licencia de esnob por usar latinazgos)

Pensaba escribir sobre todo lo anterior que ya les dije, pero mejor no, mejor que cada quien haga de su culo un candelero como decía mi padre, y cada quien feliz con sus propias estupideces. Yo, el que más.

viernes, 3 de febrero de 2017

Fotos

Visito la oficina de un compañero de armas en uso de buen retiro y lo primero que me llama poderosamente la atención -no hay forma de que pase desapercibido- es que tiene una foto repetida de él mismo en uniforme de gala y cargado de medallas, encima de su escritorio, colgada en la pared y encima del archivador. No hay más, sólo eso adorna esa oficina por lo demás ascéptica y desangelada. 

Cabe anotar que tengo una especie de fascinación por las fotos, a mi ellas me conducen a cada historia que está representada. En éste mismo instante estoy recordando una de nosotros cuatro en 1973 en el monumento a los lanceros en el Pantano de Vargas, recién bajados del simca 1204 color mostaza, mi cabeza en el hombro de la fulana, mi madre llevándose una mano a su pelo para medio ordenarlo, mi padre, de barba, con un cigarrillo en la boca a punta de encenderlo y mi tía Nelly (quien no aparece), tomándonos la foto con la vieja cámara de la familia. Casi que se puede palpar el movimiento.

Recorrimos Boyacá en esas vacaciones y en cada sitio mi padre nos hablaba de lo que allí había pasado -aquí se ubicó Bolívar para dirigir las tropas, en éste lugar Pascasio atrapó a Barreiro, uno de los lanceros era de Trinidad, el negro Donato Perez, y así durante todo el recorrido-  recordaba su paso por el colegio Sugamuxi y de paso -valga la redundancia- visitamos antiguos compañeros suyos. En fin, que ya lo dije, me gusta ver fotografías y soy además un clásico, las prefiero impresas, algo que ya casí no existe. No tengo nada contra ellas me cuentan historias y yo soy adicto a ellas, a las historias, que todo hay que explicárselos a ustedes.

Pero, siempre habrá un pero porque la vida no es perfecta, pero, repito, no me gustan las fotografías que intentan hacer apología a la imagen que cada quien tiene de sí, es decir: ¿qué gracia hay en eso?

Un militar cargado de medallas que entre ellos mismos se dan, viéndose así mismo cada día de su vida. Un atleta tomándose una selfie en la que intenta convencerse y convencernos que es un putas porque acaba de correr 10, 20, 200 kms. Una señorita con un libro abierto entre las piernas bronceadas y el mar al frente, donde lo de menos es el libro, y lo de más son sus piernas y el caribe. Un plato de comida en el restaurante de los Raush (o como se escriba) con un pie de foto recomendándonos el sitio y de paso haciéndonos saber que él o ella sí tienen la chequera para pagarlo. La iniciativa de otro Coronel de mi promoción pidiendo que cada vez que cumplamos años hagamos un "collage" (así dijo el marico) de cuando éramos cadetes, oficiales y la del hoy... y puedo seguir y seguir ad nauseam.

Todos ellos con esa ansia que no los deja contenerse, con esa necesidad de sobreexponerse, con ese deseo incontrolable de buscar admiración o por lo menos aprobación, con ese sueño de ir forjando un culto así mismos, de ir creando "fans" ¡Válgame Dios!

 ¿En qué momento nos hemos distorsionado tanto? 

¿De cuando acá los complejos, las pretensiones, los embelecos, las boberías, los enredos en la cabeza?

Todos queriendo  ser estrellas con el único recurso que todos tenemos, nuestras propias vidas expuestas a miles de desconocidos, todos queriendo figurar, todos cazando "likes" para luego en la soledad de su casa contarlos y compararlos, qué TRIS TE ZA.

Qué daño, espero reversible algún día, le ha hecho a nuestras vidas ese concepto ya no tan novedoso de los "realitys show" en donde un puñado de imbéciles se encierran en una casa a dejarse grabar cometiendo (no hay mejor manera de describirlo) la barbaridad de dejar que miles de cámaras husmeen lo peor de cada uno de ellos, todo con el fin de saltar a una gloria de luces efímeras como efímeros y absurdos son sus logros.

Después de semejante despachada yo como que mejor me quedo viendo una foto de mis padres cayendo la noche en La Surumba, ese pedazo de tierra que fue nuestra en las Sabanas del Vichada, los dos, mi madre abrazándolo y él con su sonrisa pícara, sentados debajo del guamo que daba sombra a la casa, totalmente felices, desentendidos de todos y de todo, luego de una jornada de vaquería y yo, detrás de la misma vieja cámara de la familia viéndolos a través del lente antes de oprimir el obturador.

Toda una historia por supuesto.


PD: Les manda a decir mi mamá que yo como siempre faltando a la verdad, que es árbol no era un guamo sino un guayacán.

martes, 22 de noviembre de 2016

Me acuerdo

Un señor que se llama Camilo Jimenez gran editor él, "posteo" en su blog, ese sí de gran valía, ésta entrada que les comparto: http://elojoenlapaja.blogspot.com.co/2009/09/fusilado-joe-brainard.html

Muchos de quienes lo leímos, comentamos y compartimos nuestros "Me acuerdo" y creo, sin temor a equivocarme, que sin excepción todos y cada uno de nosotros quedamos con ganas de hacer el ejercicio.

Aquí va el mio sin saber hasta donde soy capaz de confesar y de llegar:

Me acuerdo que mi hermana y yo en Villavicencio esperábamos a mi papá cuando viajaba a Bogotá y nos traía manzanas acarameladas que nos comíamos delante de todos los vecinos sin ofrecerles.

Me acuerdo que yo sufría lo indecible cada vez que llegaban atracciones mecánicas a mi pueblo por que diferente a la fulana, yo no me montaba sino en los caballitos y acompañado por mi mamá, y sentía que eso era una desgracia para mi viejo.

Me acuerdo que yo era el dueño del único balón  de fútbol de la cuadra pero no jugaba un culo.

Me acuerdo que nuestros vecinos hacían fila para entrar a ver televisión a mi casa a las cuatro de la tarde que empezaba la programación.

Me acuerdo que mi torpeza con el trompo, las cánicas y el yoyo me obligaron a perderlos una y otra vez, y otra vez, y otra vez...

Me acuerdo que mi abuelita materna -que no abuela- nos untaba remolacha en los cachetes para que no luciéramos  pálidos.

Me acuerdo que una vez la fulana de seis años se fue de la casa con maletas y todo y se parcho en la esquina con los amigos a esperar que llegará mi papá para darle quejas de mi mamá.

Me acuerdo por supuesto de ir a alquilar comic´s al parque central de mi pueblo y pasar las horas leyendo.

Me acuerdo que la fulana comía carne con gordo, aceitunas, alcaparras, entreverado sólo para joderme con mi papá porque yo las odiaba.

Me acuerdo que una vez se me inflamaron las pelotas y la confianza para decirlo se la tuve a mi mamá que me las examinó con una aguja de crochet. (es verdad).

Me acuerdo que me daba un miedo todo rico cuando me quedaba en casa de la abuela y dormía con mi tía Nelly que era la más linda de las lindas. (tenía siete años, yo).

Me acuerdo que el cojo Jose vecino de al lado se robaba los hongos que crecían en la jardinera que tenía mi mamá.

Me acuerdo que moría de envidia porque a mi mejor amigo lo vestían como al hermano mayor, de bota campana y camisas de cuello largooo. (hoy le doy gracias a mi mamá por no dar su brazo a torcer).

Me acuerdo que cada vez que subíamos a Bogotá me sentía el más provinciano del mundo con mi saquito hecho por mi madre, los blue jeans marca Lec Lee y los tenis Croydon.

Me acuerdo que la primera vez que me dieron un beso con lengua me sorprendió que estuviera conectado con la verga, que delicia.

Me acuerdo -dulcemente- que tuve una vecina que me quitó el problema de la virginidad a temprana edad lo que me evito andar diciendo mentiras a mis amigos pubertos.

Me acuerdo que la primera vez que me fume un porro quería que todo el mundo se diera cuenta que estaba embaretado.

Me acuerdo, y todavía me avergüenza, que hacía solos de coreografías de "Saturday Night Fever y Grease" en las fiestas de quince.

Me acuerdo que siempre andaba afanado por complacer a mi papá y él me la ponía difícil.

Me acuerdo, vivamente, que sentía muchos celos cuando mis amigos me decían que mi mamá era muy linda.

Me acuerdo que siempre me quise comer a una prima y nunca lo logré (ella sabe quien es)

Me acuerdo que me afanaba mucho querer pertenecer a algo y sentía que no lo lograba, que no encajaba, que no encontraba mi lugar. Afortunadamente muchos años después entendí cual rol era el mio. (ellos dos lo saben).

Me acuerdo (y aquí termino), ver correr a mi padre tras de mi en el campo de paradas de la Escuela Militar el día de mi ingreso para entregarme su preciado reloj.


Aquí los dejo pensando en sus "Me acuerdo", que espero me compartan.

Besos




lunes, 29 de agosto de 2016

Mis cartas

Cada vez que le llegaba una carta de su hermana Belencita -que no Belen-, mi abuelita Mercedes -que no abuela-, la escondía y esperaba a estar a solas conmigo para que yo se la leyera en voz alta (es la hora que no sé la razón pues ella leía, y bien) para luego con mi letra clara, y con renglones hechos a lápiz que luego borrábamos, escribir la respuesta mientras ella me iba dictando: 

"Querida Belen he recibido su misiva y me alegra saber que todos estén bien de salud..."

Cada vez que nos llegaba una carta a la fulana y a mi de mi tío Ricardo quien fuera el primero de nosotros en ir a estudiar al exterior, la fulana y yo mirábamos por horas, antes de abrirlo, el sobre con su timbre de París-La France e imaginábamos al remitente siempre al lado de la torre Eiffel o entrando al claustro viejo de La Sorbonne-Universite de París. Leíamos su contenido, generalmente plagado de felicitaciones para la fulana y lleno de recriminaciones para mi, por mis bajas notas académicas. Viajábamos con cada carta.

Cada vez que tenía un breve descanso en la Escuela Militar me sentaba a escribir largas cartas nostálgicas a mi abuela y a mis padres en donde exageraba mis siempre escasos logros y rememoraba las comidas que tanto extrañaba.

Cada vez que en medio de la selva o de las montañas escuchaba el rotor de un helicóptero, mi corazón se aceleraba esperando el anhelado paquete lleno de cartas de quien era mi esposa en ese entonces para leer una y otra vez cada palabra y para ver una y otra vez cada foto que me enviaba de Camila. En la noche, ya acostado en la hamaca y con una linterna táctica, leía y releía y veía y volvía a ver.

Cada vez que recibía una carta de mi madre sabía que al final mi viejo escribía una par de párrafos para mi. Los dos con esa caligrafía hermosa que ellos aprendieron y que con ellos esta muriendo, y los dos llenos de recomendaciones e indicaciones para que me cuidara y cuidara a los hombres bajo mi mando.

Todavía si busco en rincones y cajones olvidados encuentro a muchas de ellas y por supuesto que viajo al pasado, evoco y recuerdo cada instante. De hecho, ahora escribiendo esto, rememoro el sobre clásico de ribetes rojos y azules con el nombre del remitente en la esquina superior izquierda, el timbre o la estampilla en la superior derecha y el nombre del destinatario en el centro.

Cuánta falta hace de vez en cuando enviar una carta, cuánta falta hace de vez en cuando esperarla pero sobre todo cuánta falta hace de cuando en vez tener un hoja en blanco, un estilográfico y comenzar a escribirle a alguien especial lo que previamente hemos pensado decir con el corazón.

Amaba las cartas.

PD: ya no nos conocemos la letra


viernes, 22 de abril de 2016

La Colonia de JuanDiegoR

"...una persona muere de hambre cada cuatro segundos, en el mundo; 1,5 millardos de personas carecen de agua limpia; cada día mueren 30 mil personas por causa de aguas impotables; bajo el nivel de pobreza se encuentran un millardo de niños; un niño muere, en el mundo, cada tres segundos a causa de la pobreza, [...] pero en el mundo disponemos de los recursos necesarios para alimentar adecuadamente a 12 millardos de personas. Y hoy la tierra alberga apenas 6,5 millardos. Dice Joseph Roth, en el profeta mudo: "El pan no será pan mientras no puedan comerlo todos y mientras su sonido vaya acompañado por el hambre, como un cuerpo por su sombra".

*Repartir el pan, AAguirre, el arte de disentir 2006



A hoy veintidós de abril del dos mil dieciséis las cosas -todos lo sabemos- no han mejorado, al contrario; guerras tribales, guerras sociales, guerras políticas, guerras religiosas, guerras interinas, guerras territoriales germinan cada día. Sistemas económicos aspiran el último denario de nuestros ya incólumes bolsillos, la canibalización producto de ambiciones desmedidas de hombres y corporaciones que es lo mismo suma y suma y sigue sumando miseria ante los menos afortunados, ante los siempre desposeídos, nada que ustedes no sepan por lo demás. 

Por todo lo anterior y por más, pues en esto de la miseria hay mucho por hablar cuando uno lee un pequeño texto, una pequeña manifestación de un sueño no deja de por lo menos cerrar los ojos e imaginárselo. 

Lo voy a compartir sin autorización del dueño porque al leerlo uno sabe que la mezquindad no es su fuerte.

"Estoy pensando en buscar colegas, amigos, vecinos o recomendados e irnos a fundar un nuevo pueblo, lleno de árboles, sin trazarlo en cuadrícula, con varias plazas, muchas bibliotecas, esculturas y jardines, irnos a colonizar una ladera de montaña, llena de pájaros y zarigüellas, tigres y turpiales, donde nazcan campesinos con su cuadrita, su establo y su ganado, pacientes, tranquilos y decentes, con políticos pulcros y responsables, sin ejército y sin guerrilla, lejos de los narcotraficantes y los proxenetas, escoger un lejano rincón en tierras frías, cerca de un páramo que nos asegure agua, proteger la fauna que nos queda, alejar a niños y ancianos del ruido y el caos, aprender del arte, la ciencia y la tecnología sus mejores hallazgos, leer a Borges y a Yourcenar y cientos más, recordar a Budha y a Krishnamurti, a Whitman y a Piet Mondrian, alabar al sol y la luna, a la Vía Láctea que por fin veremos sin intermediarios, sembrar como un acto sagrado, escuchar la música de las manos de los virtuosos, hacer las calles sólo para peatones y bicicletas, y mantener buses, carros y motos a muy buena distancia, recuperar el silencio, la risa, el buen café, las tertulias sin whatsapp, espacios discretos e íntimos para la conectividad a internet, cerrar el ipad cuando te estrechen en un abrazo, cuando te ofrezcan una sonrisa, educar en la creatividad, en la curiosidad, en los proyectos, cultivar la física y las matemáticas al lado de la pintura y la danza, junto con la poesía y la geometría, la literatura y la natación, simplificar el derecho y la legalidad, reducir la burocracia a su mínima expresión, pagarle más los médicos y profesores que a los futbolistas y que a las presentadoras de farándula, desparramar la confianza entre todos los habitantes para que la palabra una en lugar de separar, recuperar al panadero, al cartero, al jardinero, a la vendedora de frutas y flores. Sólo un pequeño y anodino pueblo. Es que estoy pensando que las ciudades agotan, duelen y fatigan el alma, el sentido de la existencia, el encuentro con las cosas que siempre han sido simples, cansado de las personas que pasan tan a prisa que el saludo es un emoticón o un "qué mas, chao". Sólo estoy soñando, pensando, imaginando, también estoy sintiendo, amando...pero por algunas razones que ahora no vale la pena explicar, aún no estoy actuando, concretando, logrando, haciendo. Y creo que somos muchos, casi todos, que nos estamos resignando, perdiendo, muriendo sin hacer que la vida, la humana, la tuya, la mía, la nuestra, sea simplemente la vida, con todo lo que ofrece, no con todo lo que nos obligan o nos quitan, el miedo que nos cerca o la tristeza que nos oprime. Un pueblo nuevo, para ver si el optimismo por la humanidad puede renacer como una solitaria flor en el desierto".

Juan Diego Ramos B

miércoles, 9 de marzo de 2016

Mi Nacho

Siempre que se hace una historia se habla de un viejo de un niño o de sí, pero mi historia es difícil  no voy a hablarles de un hombre común.


Y cómo dice la cita que corresponde a la canción del elegido de Silvio; es un viejo, es un niño y no es común y todavía no ha hecho nada para acreditarle de acuerdo a los cánones establecidos de hoy día el éxito que todos quieren -¿queremos?- lograr. En realidad no estoy tan seguro que él mismo quiera ese reconocimiento, lo único que he observado desde hace ya no pocos años son su claridad, el empeño, la disciplina, la constancia, la confianza y la perseverancia con la que se despierta cada día a luchar por su sueño. 

A claras luces notamos quienes estamos cerca a él que no es afectada esa lucha y que por el contrario proviene desde lo más profundo de su ser y esa, "su" convicción, nos ha hecho en no pocas ocasiones criticarlo o desearle un camino menos pesado porque nos abruma tanta seguridad, nos atemoriza, nos descoloca estar ante una persona que no logramos entender del todo.

Lo hemos subestimado y hemos, repito, querido para él (a lo cual no tenemos derecho), la vida que nosotros mismos tuvimos a su edad. Particularmente, en algunas ocasiones he deseado verlo parrandear más, ser más sinvergüenza, más vago. En resumen, más mediocre, así, como yo fui, como son casi todos sus amigos y sus contemporáneos.

Yo que lo he tenido por tanto tiempo a mi lado me he angustiado al punto del colapso, porque creo que tanta entrega a su sueño, a sus metas, pueden llevarlo a una frustración que no quiero para él, sin embargo me sigue, nos sigue, demostrando con hechos, con valentía, con sensatez, con tenacidad que lo suyo no es una quimera, y yo, que lo amo con tanta pasión cada vez me aseguro que estoy ante una persona como pocas y que su voluntad es una fuerza motriz más poderosa que una bomba atómica, como decía Einstein.

Sí claro, no me voy a engañar, ha sido un niño y un joven privilegiado, no ha aguantado hambre, y ha tenido las oportunidades que más de la mitad de los jóvenes de éste país no tienen, sin embargo eso a mi manera de ver no le resta méritos, por el contrario, los magnifica, pues por lo mismo podría tomársela con menos severidad.

Es mi hijo es cierto y esto para muchos no pasará de palabras escritas por un padre exultante de amor, más sin embargo, yo lo admiraré por siempre, pues nunca había conocido a nadie tan determinado en la vida a cumplir sus metas.

Hoy éstas cumpliendo años querido hijo y como cada año al llegar esta fecha yo lo primero que recuerdo es haberte recibido en mis brazos diciéndote:

"Te llamas Miguel Hurtado Tamayo, eres hijo de Gabriel y de Sissi y has nacido en un estado social de derecho que se llama Colombia"

Te amo

PD: Mi regalo:

https://www.youtube.com/watch?v=FqcHYIVu2k8







miércoles, 2 de marzo de 2016

El viaje

La niña pecosa de pies pequeños conectada a su minitablet acompañada del joven de abrigo negro alelado mirando la pantalla de su smartphone, el niño rollizo de gorra beisbolera y mameluco blanco sobre las piernas de su mamá a todas luces, ella, feliz y orgullosa de su pequeñin a quien todos vemos, la anciana respetable y venerable quien mecánicamente introduce cada cuatro segundos (lo juro, lo cronometré), su dedo pulgar e índice a un paquete de choclitos mientras observa fija e hipnópticamente mis medias verdes de cincuentón maricón, el estudiante que nos mira con cara de "tengo toda la vida por delante" y a quien le respondemos todos en silencio y al unísono con un: "en un país con pocas oportunidades, listillo". El hombre de barriga prominente, edad media y cara manchada que denota una vida de trabajo al aire libre, y yo, de espaldas al conductor y a la vida -como debe ser-, sentado en el "puff" que divide la silla del chofer y la del ayudante pensando en que por un tiempo insignificante de mi vida estos desconocidos son mis compañeros de viaje.

Punto

jueves, 18 de febrero de 2016

Voy a hablar de mi papá

Voy a hablar de mi papá porque no ha sido suficiente lo mucho que lo recuerdo las varias veces al día, porque necesito exorcizarlo o porque simplemente yo, francamente no puedo vivir sin él, y cada día en el espejo, en las mañanas, antes de entrar a la ducha o al salir, o ambas, me descubro en él.

Voy a hablar de mi papá porque nunca será suficiente lo mucho que yo hable de él conmigo mismo o con el primer contertulio que tenga la mala fortuna de cruzarse en mi camino.

Voy a hablar de mi papá porque es el mejor personaje que yo he conocido, voy a hablar de mi papá y recordar la vez que viajando hacía mi Gandul a la altura de casa é teja y después de haberme escuchado incrédulo que yo acabase de colgar una llamada con mi esposa de entonces quien se encontraba en Italia no pudiese creer que hablar con Europa fuese tan fácil como marcar el número.

Voy a hablar de mi papá para escucharle contar una y otra vez que sus abuelos habían atravesado Arauca huyendo de la revuelta de la humbertera para fundar El Gandul (el de ellos), cerca a las bocas del Pauto, voy a hablar de mi papá para que me cuente como el viejo Carlos Hurtado su abuelo, en unas fiestas de Trinidad coleando sobre la calle principal al recoger la cola del bicho e inclinarse para terminar la faena se encontró con una pared que lo mató. Murió de aprendiz, cómo decía su papá, el abuelo Don Enrique, quien junto con su hermano y doña Rosa se quedaron en ese rincón y se apropiaron del mercado de ultramarinos que recibían por el Meta desde Orocué. Voy a hablar de mi papá para seguir oyéndole contar la vez que el abuelo llevo la primera nevera al pueblo y le vendía helados a sus compadres que llegaban con ellos derretidos dentro de los zamarros al hato de su propiedad, el de ellos, no el del abuelo, que todo hay que explicárselo a ustedes.

Voy a hablar de mi papá para imaginármelo de catorce años bajando de Sogamoso a Trinidad con el atajo de caballos del abuelo a pasar sus vacaciones de colegio. Doscientos setenta y cuatro kilómetros a caballo, catorce años de edad, acompañado por la peonada, recorriendo una ruta similar a la que uso Bolívar por Pisba sólo que de bajada, vía Aquitania, Pajarito, Aguazul, Yopal, Nunchia.

Voy a hablar de mi papá para imaginar al viejo Hector Riobueno concuñado de don Enrique llevándose todo el ganado del Gandul que no fuera blanco para fundar Santa fe cerca a Puerto Gaitán en el Meta, en donde tantas veces nos quedamos de viaje hacía La Surumba, el rincón del que se enamoró mi papá en el setenta y cuatro en las sabanas del Vichada y que partió en dos la historia de nuestra pequeña tribu. 

Voy a hablar de mi papá con los ojos cerrados para sentirlo detrás de mi mamá cantándole sus adaptadas composiciones o llevándome de madrina para amansar un potro cerrero, enseñándome a castrar un novillo y a herrar un bicho con el mismo hierro de su viejo que luego fue el mío, a curar una gusanera y a vadear un río bravero. Voy a hablar de mi papá para recordarnos juntos de a caballo sabaneando La Surumba buscando ganado enterrado en los bajos de la serranía, voy a hablar de mi papá manejando hacía Villavicencio al entierro de su mamá, callado, ido, recordando a doña Ana que nos esperaba ya muerta.

Voy a hablar de mi viejo con su oxigeno de lastre esperándome en su casa para darme un abrazo paterno y consolador que empezaba con sus ojos, pasando por sus brazos y terminando en sus palabras después de haber tenido una de las peores de experiencias de mi vida.

Voy a hablar de mi papá mientras recorro con mis dedos de niño de cinco años sus venas marcadas en las manos mientras que la fulana ronronea alrededor de la cama matrimonial y él, paciente, nos entrega la sección de monos de El Espectador para que lo dejemos en paz leyendo la columna de Klim.

Voy a hablar de mi papá sin parar, siempre.

Punto